Koma Amed, las flores de la libertad y Evdilmelik Şêxbekir

“Tu kulîlka azadî yî (Eres la flor de la libertad)

Strana welatê me yî (Eres la canción de nuestra patria)

Hespê şeh î dibezî (El caballo del rey corre)

Çîyan û zinaran, bira” (Las montañas y las rocas son hermanos) *

“Revolucionario es aquél que determina su propio destino”, escribió una vez un poeta irlandés. Cuando hablamos de artistas rebeldes y revolucionarios, vemos que no sólo determinan su propio destino, sino que lo viven. Comparten sus vidas, se reproducen en presencia de otros y nos dejan una herencia que nos invita e inspira a la acción. Los seguimos, los encontramos y nos fusionamos con ellos haciéndonos uno.

Cada pedazo de tierra que insufla un alma en una persona posee su propia melodía; es la tierra en la que nacimos, crecimos. La sentimos bajo nuestros pies e inhalamos su fragancia en lo más profundo de nosotros. Son sus cálidos sonidos los que se abren paso desde nuestros oídos hasta nuestras almas; los que nos inspiran, nos ayudan a crecer, nos envuelven y nos llevan del pasado al futuro.

Aquí cuento la historia de una voz. Una voz que nos abraza con el sonido de la tierra, de la historia y las creencias, del dolor, las pérdidas y las utopías. Para su familia y amigos era Melek (en turco significa “ángel”); para sus compañeros, Doctor Cuma y Şengal. Hablo de Evdilmelik Şêxbekir, fundador y solista de la banda Koma Amed.

Un sonido decidido, sabio, entusiasta, aunque triste, resuena dentro de cada persona que escucha por primera vez “Kulîlka Azadiyê” (“La flor de la libertad”, en lengua kurda). Un ángel aparece y se convierte en invitado de la magia de un río que fluye hacia los corazones.

En busca de un ángel

Siguiendo el camino que su voz dibujaba en mi mente, viajé tan lejos como este país, encantado por la melancolía de su sonido, me permitía. La parte dolorosa de la búsqueda, que pesaba como una losa en lo profundo de mi corazón, me envolvía como una cortina de luto, que decidí apartar. Seguí el camino como si respondiera a una hermosa llamada a la libertad que anhelaba, soñaba y esperaba.

Muchas veces he inhalado la voz de Melek hasta lo más profundo de mí, como si respirara el aire místico de un bosque mágico. No sé cuántas veces he escuchado los encantadores sonidos de las canciones de Melek. He querido buscarlas, encontrarlas, entenderlas y atesorarlas.

Debe pertenecer al sino de la vida y a lo que la vida quiere enunciar, que conocí a la familia de Melek en un soleado día de mayo, en medio de una primavera en ciernes, 28 años después de su partida de este mundo.

Había sido mi deseo constante encontrar un rastro de este ser humano cuya voz siempre me había fascinado, me había acompañado sin descanso en mi vida y a quien admiraba, y escuchar a alguien que lo hubiera conocido personalmente.

Cuando me enteré de que su hermana vive en Qamişlo y que también es médico, fui inmediatamente a su clínica. Tras quince minutos de espera, me llamaron. Puesto que esperaba encontrar a un paciente, no se percató de que su dolorosa herida, que no había sanado durante tan largo tiempo, sangraría de nuevo inmediatamente. Un poco tímida, con una pizca de curiosidad, le dije:

“Eres la hermana de Melek. He venido a pedirte que me hables de él”. Tan pronto oyó el nombre de Melek, las lágrimas inundaron sus ojos. En ese momento me di cuenta de la dolorosa realidad de ciertas heridas que el tiempo no puede curar, de las que el dolor florece una y otra vez, sin permitir que mengüe el anhelo del corazón. Fue nuestro primer encuentro, pero sus lágrimas llevaban las marcas de un pasado común. Por eso, ni Samer trajo una palabra a sus labios, ni yo lo hice. Sólo acordamos la hora de nuestro próximo encuentro y nos despedimos.

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Un día Melek volverá a casa…

“Sigo soñando que Melek regresa a nuestra casa en Amûdê pero no encuentra a nadie allí. Para evitar que mis sueños se hagan realidad, nunca dejamos la casa desocupada. En la casa donde Melek nació, creció y vivió hasta que se fue, viven ahora unos parientes nuestros. Todavía tengo la esperanza de que un día vuelva”.

Ésas fueron las primeras palabras de la hermana de Melek cuando nos encontramos por segunda vez. Tengo la sensación de que Samer piensa a menudo en el tiempo que ella y Melek pasaron juntos. “¿Le hice daño a menudo? ¿Lo lastimé? ¿Fueron muy raros los momentos en que le di un gran abrazo? ¿Lo besé muy raramente? Éstas son las preguntas que me hago muy a menudo.” Todo lo inacabado entre ellos se ha convertido en una profunda herida en el alma de Samer.

“Melek era dos años más joven que yo. Le iba muy bien en la escuela. Era el mejor de su clase. Decidió ir a Turquía a estudiar. Aprobó los exámenes de ingreso con un 98 sobre 100. En sólo dos meses había aprendido turco. Sus amigos estaban muy impresionados. Se matriculó en la facultad de medicina de la Universidad Hacettepe de Ankara. Fue la primera vez que nos separamos durante mucho tiempo. No tuvimos la oportunidad de visitarlo, así que tratamos de mantenernos en contacto a través de nuestros parientes en Turquía.

Una vez, mi padre recibió una llamada de un pariente. Dijo que Melek ya no iba a la universidad. Preguntamos aquí y allá durante un tiempo hasta que finalmente nos enteramos de que se había trasladado a la facultad de medicina de la Universidad de Estambul. Además de sus estudios, también estaba trabajando. Nunca quiso que le enviáramos dinero”.

La última postal

Samer respira profundamente. Tan profundo como si fuera a decirle al mundo entero quién era Melek. Con inquietud y melancolía cuenta todo lo que ha quedado en su memoria sobre su hermano: “Fue en un día de verano de 1991 cuando volvió a casa. Fue la última vez que nos visitó. Se fue y nunca más supimos de él. La diferencia de edad entre nosotros dos era pequeña. Yo era la única de la familia que siempre estuvo más cerca de Melek. Cada diez o quince días me escribía una carta, y aún hoy las conservo. La última que recibí fue una postal. El motivo era una mujer llorando ante el mar. Sólo era visible su cabeza. Mis sentimientos me abrumaron al ver esta tarjeta. No pude dormir en toda la noche.

A la mañana siguiente le dije a mi familia que iba a buscar a Melek. Primero fui a Ankara y de allí a Estambul, donde visité a todos sus amigos. Me dijeron que Melek ya había terminado sus estudios y que estaba trabajando con éxito como médico. Uno lo había visto por última vez hacía diez días; otro, hacía veinte. Fui a la secretaría de la universidad. Allí me enteré de que Melek había hecho dos exámenes a principios de septiembre, pero no había vuelto a clase desde entonces. Yo había llegado a Turquía a finales de octubre. Sus amigos afirmaron no saber nada sobre su paradero. En algún momento, un colega del trabajo dijo que Melek se había ido a las montañas. Me aseguró: “Melek sabe que estás aquí. Se lo dijimos. Vendrá”. Esperé durante días, ansiando que apareciera. Pero Melek nunca vino. Seguí mirando la postal con la mujer que lloraba. Unos cinco o seis años después, nos dijeron que había caído. No podíamos creerlo. Aún hoy, nos cuesta trabajo hacernos a la idea de su pérdida. No tenemos sus restos, tal vez sea por eso.”

El deseo de Samer

El recuerdo más claro de su hermano Melek era su amor por su patria, dice Samer. “Se sentía profundamente conectado al pueblo kurdo y al Kurdistán. Habría dado su vida sin dudarlo. Melek no podía soportar la injusticia. Rechazó el régimen sirio del partido Ba’ath. La mayoría de sus amigos habían terminado en las mazmorras del régimen mientras Melek estaba en Turquía. A él también lo buscaban, pero como nunca se quedaba más de unos días cuando nos visitaba, no podían atraparlo.

El año que Melek se fue, yo acababa de abrir mi clínica. Justo antes de irse, me pidió una maleta. Le dije: “No necesitas otra maleta, ésta es casi nueva.” Melek me besó al marchar, me abrazó, pero por alguna razón sentí que estaba molesto conmigo. Ese sentimiento se quedó dentro de mí. Todavía me arrepiento mucho cuando pienso en por qué no le compré una maleta nueva en ese momento. Desde entonces, no he dejado sin cumplir ninguno de los deseos de mis hermanos y hermanas. No importa si era algo urgente o no. No puedo soportar la idea de que puedan estar resentidos conmigo.”

Samer expresa el deseo que ha estado ardiendo en su alma durante tanto tiempo: le encanta escuchar Kulîlka Azadî y Newroz, pero desea que todas las canciones de Melek recuperen su verdadero esplendor gracias a las nuevas tecnologías de grabación.

El cofre de madera de Dayê Êdê

‘Hay un dicho que dice: “Las montañas no se unen, pero la gente sí”. Siempre esperé a Melek, nunca perdí la esperanza. Hasta ahora, no ha venido. Todavía sigo esperando.’ – Dayê Êdê.

Cuando le dije a Samer que quería ver a los padres de Melek, fuimos juntas. Fue Dayê Êdê quien nos recibió. A sus 85 años, cuida con amor a su compañero, que tiene Alzheimer. El padre de Melek ha olvidado muchas cosas del pasado. Que fue perseguido por el régimen, encarcelado en las famosas prisiones. La única cosa que aún permanece en su memoria es su hijo. Debe ser que el amor y el anhelo dominan la conciencia. Incluso cuando la mente disminuye, siempre queda alguien a quien el corazón no olvida. “Ves, éste es mi hijo”, dice a la gente que pasa por su casa y señala las fotos de Melek en su mano.

Decimos que las mujeres son nuestra memoria, nuestra historia y nuestra mente. Dayê Êdê se recibe como guardiana de la memoria. Guarda cuidadosamente todas las pertenencias y recuerdos de Melek en un cofre de madera. Un cassette de “Kulîlka Azadiyê” de la banda Koma Amed, un álbum de fotos, libros, revistas… Todas estas cosas que tocaron las manos y los ojos de Melek, todo lo que queda de su encantadora voz, están en el cofre de madera de Dayê Êdê.

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Como un pájaro en mi sueño

Mientras abre cuidadosamente el álbum con las fotos de Melek, Dayê Êdê comienza a contar su historia. Su voz, ahogada por las lágrimas, no olvida un solo detalle: “Cuando era niño, estaba a menudo enfermo. Solía llevarlo a un médico aquí, en Qamişlo. Melek nació después de cuatro hijas, así que lo amé de una manera especial. Era un niño mimado, siempre lo llevaba en brazos. Hasta los siete años, durmió en mi habitación.

Nuestra casa tenía dos pisos. La habitación de Melek estaba en el segundo piso. Cuando sus amigos venían, le tiraban piedrecitas al cristal de su ventana. Él bajaba y les daba textos políticos para que los leyeran. Una vez subí las escaleras y fui a su habitación. Tenía curiosidad y quería saber qué estaba haciendo. Abrí la puerta y allí estaba sentado ante su mesa, con la cabeza inclinada sobre un libro de texto. Dentro había un folleto. Siempre le dije que había muy pocos doctores y que primero debía terminar la escuela. Después podría hacer lo que quisiera. Pero me preguntó: “¿Cómo puede liberarse el Kurdistán sin mártires?”

Una vez, Melek apareció en mi sueño en forma de pájaro. Lo seguí e intenté atraparlo. Pero no pude, se fue volando. Fue entonces cuando comprendí que nunca volvería.

Pero Dayê Êdê también recuerda muy bien anécdotas divertidas en la vida de su hijo: “Una vez hizo un dibujo de Ernesto ‘Che’ Guevara, que colgó en la pared. Cuando vinieron nuestros amigos cristianos, nos preguntaron quién era el de la foto. Melek respondió: “Oh, es mi tío.”

Después de 28 años de anhelo, Dayê Êdê y Samer hablan por primera vez sobre el héroe de esta historia, Evdilmelik Şêxbekir. El interminable deseo de Dayê Êdê de volver a ver a su hijo está más allá de las palabras y pesa mucho. En su corazón, su ángel está cerca y vivo. Suspira profundamente, un suspiro que parece que saldrá de la habitación y será escuchado a kilómetros de distancia, y termina la conversación con una melancolía que proviene del dolor que ha sentido desde la partida de Melek: “El dolor por Melek siempre está ahí. Sólo cuando yo muera y regrese a la tierra, pasará.”

Dedico este artículo a todos aquéllos que se rindieron al hechizo del encanto y la magia de la voz de Evdilmelik Şêxbekir y encontraron su propio camino con ella. Y todavía suena la canción Kulîlka Azadiyê. Continúo mi camino con este hermoso aliento de libertad.

Evdilmelik Şexbekir

Evdilmelik Şexbekir nació en 1968 en la ciudad norteña siria de Amûdê. En 1987 dejó Rojava y se fue a estudiar a Ankara, Turquía. Además de sus estudios, compuso música, pintó cuadros y escribió poemas. En 1988, fundó Koma Amed con un grupo de amigos, la mayoría de ellos estudiantes. La banda es uno de los iniciadores de una nueva escuela de música kurda. En 1990, Şexbekir se trasladó a Estambul, y en el mismo año, se publicó el primer álbum de Koma Amed, “Kulîlka Azadiyê”.

Además del arte, Evdilmelik Şexbekirs se interesó principalmente por la política. A pesar de la represión del Estado, se dedicó resueltamente al objetivo de promover el desarrollo de la lengua y la cultura kurdas y contribuyó en gran medida a la colocación de la primera piedra del NÇM (Navenda Çanda Mezopotamya), el Centro Cultural de Mesopotamia, fundado en Estambul. En septiembre de 1991, Evdilmelik Şexbekir se unió a la lucha de liberación kurda y se unió a la guerrilla. Sólo unos meses más tarde, en mayo del año siguiente, cayó en el Engizek, una montaña de la provincia de Gurgum (en turco: Maraş), en combate contra el ejército turco.

* Kulîlka Azadiyê es la traducción al kurdo del poema Özgürlük Çiçeğimsin del escritor, publicista y editor turco Muzaffer Ilhan Erdost (1932-2020). Erdost escribió el poema para su hermano, que murió en 1980 en la prisión militar de Mamak como resultado de la tortura.

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